Para muchas personas, la inquietante sensación de sentirse observadas es demasiado real. Al fin y al cabo, vivimos en un mundo de vigilancia masiva, desde el reconocimiento facial hasta el seguimiento en línea: los gobiernos y las empresas tecnológicas recopilan información confidencial sobre miles de millones de personas. La vigilancia selectiva es un poco distinta. Consiste en utilizar la tecnología para espiar a personas concretas. La vigilancia selectiva puede incluir el uso de cámaras ocultas, dispositivos de grabación o el seguimiento o vigilancia físicos. En el Laboratorio sobre Seguridad de Amnistía nos centramos en descubrir la vigilancia digital selectiva, como el software espía, el phishing o suplantación de identidad y otras técnicas digitales de ataque. Gobiernos de todo el mundo compran y permiten la venta de programas espía avanzados y muy invasivos que pueden comprometer los dispositivos digitales de cualquiera y vigilar su actividad. Estas herramientas las fabrican y venden empresas privadas que se lucran con los abusos contra los derechos humanos. Gobiernos y empresas afirman que estas herramientas de vigilancia son necesarias para perseguir a «delincuentes y terroristas». Pero, en realidad, decenas de defensores y defensoras de los derechos humanos, periodistas y otras muchas personas —incluidos miembros del personal de Amnistía Internacional— han sido objeto de ataques ilegítimos con programas espía.